Natalia Aguerre y Valeria Intrieri exportan artesanías de papel reciclado. Todo empezó con invitaciones para un casamiento
Vanarte tiene menos de un año de
vida, sin embargo ya tienen clientes en España, Chile, México y Estados
Unidos. Recibieron ofertas para abrir franquicias y el emprendimiento
vende el 50% de su producción en el exterior. Natalia Aguerre,
licenciada en Relaciones Públicas (29), y Valeria Intrieri (30) dirigen
esta miniempresa productora de artesanías hechas con papel reciclado.
¿Cómo comenzaron? "De casualidad", cuenta Natalia. "Sucede que
en noviembre de 2003 se casaba mi hermana y para ahorrar decidí hacerle
en papel reciclado las tarjetas de invitación. Eran 100 y como no podía
sola recurrí a mi amiga Valeria, licenciada en historia del arte.
Reciclar papel era mi hobby, pero luego de esta experiencia la gente
comenzó a hacer pedidos", dice.
Por iniciativa del novio de Natalia llegó la página Web y a
partir de ahí un crecimiento que no esperaban: un promedio de 150
visitas por día, de las cuales el 90% se traduce en una compra. "El
crecimiento nos sorprendió, pero contamos con el asesoramiento de mi
hermano, Diego Aguerre, estudiante de comercio exterior, y ahora
estamos en la etapa de regularizarnos para poder exportar
directamente", (ahora lo hacen a través de terceros). La posibilidad de
trabajar con el mercado externo es fundamental para su crecimiento. Es
más, ambas emprendedoras aseguran que no modifican los precios por
vender afuera: creen que el valor del producto es el mismo si va para
el mercado interno o externo y, simplemente, convierten la moneda.
Atribuyen el éxito de Vanarte
a la flexibilidad de su producción; se ajustan a las necesidades del
cliente, aunque cuentan con un muestrario de productos de diseño y
fabricación propia. La creatividad y no desanimarse parece ser la clave
para llegar, como en este caso, a
sorprenderse de la aceptación internacional de una idea. Con materia
prima que incluye desde viejos apuntes de facultad hasta todo el papel
que ocupaba espacios ociosos en casa de parientes y amigos, se formó
una pequeña empresa que, con sello autóctono, vende sus productos en
Europa y América del Norte.
Su crecimiento es sostenido, de las 100 primeras tarjetas de
casamiento pasaron a 2000 unidades semanales y a importantes pedidos de
mercadería: todo artesanal de principio a fin. Ya cuentan con un taller
en el que atienden al público un par de días a la semana y el resto del
tiempo se dedican a fabricar los productos.
Cuando no pueden hacer frente a la demanda del mercado externo
o cuando sus clientes piden cosas que ellas no fabrican convocan a
otros pequeños productores. Para estas emprendedoras, la ventaja de
exportar es que también se convierten en un canal de distribución que
beneficia a otros artesanos aún más pequeños que ellas.
Por Andrea Méndez Brandam
Para LA NACION